domingo, 1 de abril de 2018

UNA AGRICULTURA MÁS “VERDE” PARA AMÉRICA LATINA















Para muchos de nosotros, la palabra "agricultura" evoca bucólicas imágenes de frondosos campos sembrados y pastizales poblados por pacíficos vacunos alimentándose.
Desde este punto de vista, la noción de una "agricultura más verde" parece casi como un oxímoron; ¿podría haber algo más verde que esto? Bueno, tal vez no en términos de color, pero en términos de impacto ambiental, la agricultura deja una huella significativa.

En muchos países, incluidas grandes superficies en países de ingreso alto, esos frondosos campos sembrados con granos alguna vez estuvieron cubiertos de bosques. Y los fertilizantes que mantienen a esos campos así de verdes son en su mayoría en base a nitrógeno, generando óxido nitroso, que — kilo por kilo — tiene un impacto sobre el calentamiento global varios cientos de veces mayor al dióxido de carbono.
Y ese ganado — ¿cómo decirlo de delicadamente? — ¡emiten gases de efecto invernadero por ambos extremos! (El metano emitido por el ganado es veinte, o más, veces más potente como gas de efecto invernadero que el dióxido de carbono.) Además (¡oh sorpresa!), los cultivos y el ganado necesitan agua — mucha agua. La agricultura representa alrededor del 70 por ciento del uso del agua en todo el mundo.

Para llegar a ser más inteligente climáticamente hablando, la agricultura debe reducir su huella ambiental, impulsada por la deforestación, la producción ganadera y prácticas productivas insostenibles.
Aún más que en otras regiones, los cambios en el uso del suelo — mayormente deforestación y degradación forestal — son la mayor fuente de emisiones de carbono (y demás daños ambientales) en América Latina. Los cambios en el uso del suelo representan el 62 por ciento del total de emisiones de la región, comparado con 16 por ciento en todo el mundo (en 2005 y sólo para emisiones de CO2).
La expansión agrícola sigue siendo la principal causa de deforestación. Una parte de esta se debe a la producción a gran escala — por ejemplo, la soja y ganadería en Brasil. Alrededor del 85 por ciento de la deforestación en Brasil se debe a la creación de nuevas pasturas para el ganado. En otras zonas, la deforestación y la degradación forestal están asociadas a la agricultura de subsistencia. La deforestación también amenaza la enorme biodiversidad de la región. De los diez países más biodiversos del mundo, cinco se encuentran en América Latina: Brasil, Colombia, Ecuador, México y Perú. La lista también incluye a cinco de los quince países cuya fauna corre mayor riesgo de extinción.

Reducción del gas carbónico
Luego de que el suelo se transforma para uso agropecuario, las emisiones de gases de efecto invernadero que no son dióxido de carbono se vuelven sustanciales. Éstos son más que nada metano y óxido nitroso. En los quince años que van de 1990 a 2005 (los últimos datos disponibles), las emisiones agropecuarias de estos dos gases aumentaron un 35 por ciento en América Latina, versus 16 por ciento en todo el mundo, la mayor parte de este aumento es atribuible al óxido nitroso. Las emisiones por dólar de PIB agropecuario, sin embargo, disminuyeron un 21 por ciento en la región, versus 15 por ciento en todo el mundo, indicando que la creciente participación regional en el mercado mundial de alimentos no ha estado acompañada por un aumento proporcional en las emisiones.
Por lo tanto, la agricultura no siempre es tan benigna en términos ambientales como esa imagen bucólica pudiera sugerir. Sin embargo, los enormes avances en producción agropecuaria, posibilitados en gran medida por la ampliación en el uso de fertilizantes e irrigación, así como una mayor área productiva, explican que la desnutrición y el hambre hayan disminuido aun después que la población mundial haya crecido de manera explosiva. De acuerdo al sitio web de la Cumbre Mundial de Alimentos de la FAO, a comienzos de la década de 1960, la producción mundial de alimentos era suficiente para proporcionarles a todos los ciudadanos 2.300 calorías por día. En los siguientes 30 años, la población mundial más que se duplicó, pero la producción de alimentos per cápita aumentó lo suficiente como para proporcionar 2.710 calorías por día a mediados de la década de 1990 — la llamada "Revolución verde". A futuro, queda claro que la producción de alimentos debe seguir creciendo de manera acelerada — un 80 por ciento (comparado con 2010) para 2050, de acuerdo a recientes estimaciones del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias — a pesar del peligro que representa el cambio climático para algunas zonas productivas cruciales.


Aumento de la producción
América Latina deberá jugar un papel preponderante a la hora de aumentar la producción de alimentos. De las aproximadamente 445,6 millones de hectáreas (ha) potencialmente aptas para una expansión sostenible del área cultivada en todo el mundo, un 28 por ciento se encuentra en América Latina, más que ninguna otra región excepto África. El potencial de ALC es aún más importante si se toma en cuenta la accesibilidad: la región posee el 36 por ciento de las 262,9 millones de hectáreas de tierra aptas para la expansión de la agricultura en el mundo y que a su vez esté a seis horas de viaje del mercado más cercano. Con un tercio de los 42.000 km3 de recursos hídricos renovables del mundo, ALC también está bien dotada en este sentido. Per cápita, la región posee los mayores recursos hídricos de todas las regiones en desarrollo. Además, América Latina disfruta de grandes ventajas comparativas para la agricultura, como indica su creciente participación en el comercio de alimentos. Sus ventajas son especialmente fuertes en ciertos alimentos específicos — particularmente carnes — que serán los más demandados a medida que los países de ingreso bajo suben en la escala de desarrollo. He aquí una oportunidad para que a la región "le vaya bien mientras hace las cosas bien" en caso de poder mantener e incluso aumentar su posición competitiva en el mercado mundial.

Sin embargo, para mantener esta tendencia de alto crecimiento de la producción y reducción de la pobreza, y al mismo tiempo alcanzar su potencial de producción, de cara al cambio climático y sin aumentar su huella ambiental, la agricultura en América Latina debe volverse más verde y más "respetuosa con el medio ambiente", de varias maneras.


Primero, el pilar más importante de una estrategia para la reducción de la huella ambiental agropecuaria es la conservación de la actual cobertura forestal y la promoción de la reforestación con especies nativas allí donde sea factible. Alcanzar un progreso significativo en este sentido es crucial para la trayectoria de las emisiones, preservar la biodiversidad y reducir la pérdida de suelo por erosión. El éxito dependerá mayormente de poder desalentar la producción ganadera insostenible. Muchos países latinoamericanos ya han eliminado las peores políticas que fomentaban a deforestación — como darles la posesión o la titularidad de la tierra a aquellos que "mejorasen" los bosques talando árboles. De hecho, muchos han prohibido formalmente la deforestación, si bien el cumplimiento de dichas prohibiciones ha sido limitado. Brasil, el país más importante en la lucha contra la deforestación, desarrolló políticas de protección forestal y proyectos para contrarrestar la creciente presión sobre estos mismos bosques en la frontera agropecuaria, y ha acumulado bastante experiencia en actividades económicas compatibles con la sustentabilidad forestal. La tasa de deforestación de Brasil disminuyó un 80 por ciento en los últimos seis años, luego de que el gobierno designara unas 61 millones de hectáreas para su conservación — alrededor de dos veces la superficie de Francia. Costa Rica pasó de tener una elevada tasa de deforestación a aumentos netos de la superficie forestal. Uruguay también logró un aumento neto de su superficie forestal. La deforestación se redujo significativamente en México. Sin embargo, en muchos otros lugares la tasa de degradación forestal sigue siendo muy alta, si bien tanto su extensión como su impacto continúan estando poco documentados.

Además de la lucha contra la deforestación, tenemos que asegurarnos que los alimentos se produzcan y distribuyan de una manera que maximice la rentabilidad, tanto ambiental como económica. Aparte de revertir la deforestación, los demás pilares para una estrategia agropecuaria regional respetuosa con el medio ambiente y climáticamente inteligente incluyen:
·         Sistemas productivos más sustentables. Una estrategia prometedora es incrementar el uso de sistemas silvopastoriles en la producción ganadera, cultivando árboles leguminosos en las praderas. Un proyecto colombiano está haciendo esto mismo, con resultados que demuestran un aumento en la capacidad de carga por hectárea (y las ganancias), además de incrementar la cobertura forestal.
·         Mejor uso de las tecnologías de la información y comunicación para incrementar la eficiencia. Por ejemplo, la agricultura de precisión combina el uso de sistemas de posicionamiento geográfico con mapas digitales y modelos de crecimiento de cultivos y fertilidad de suelo, permitiéndoles a los productores reducir la utilización de insumos. La información climática disponible en teléfonos celulares les permite a los productores mejorar las decisiones de cultivo y manejo de plagas.
·         Reducción de pérdidas post cosecha. Alrededor del 7 por ciento de los alimentos producidos en América Latina se pierden o son consumidos por plagas antes de llegar al consumidor. Mejoras en la logística y la infraestructura, así como un mejor uso de las TIC pueden ayudar a los productores a tomar mejores decisiones de venta, cumplir con requisitos de calidad cada vez más estrictos y reducir los desperdicios;

·         Desarrollo de una industria de insumos ecológicos. Algunos de los insumos ecológicos más importantes incluyen a los fertilizantes orgánicos (p. ej. estiércol y residuos de cosecha), organismos microbianos (rhizobium para la fijación de nitrógeno; micorrizas para una mayor disponibilidad de fósforo), biocarbono (residuos agropecuarios convertidos en carbón vegetal), pesticidas orgánicos (p. ej. pesticidas microbianos), e insectos o parásitos depredadores utilizados en programas integrales de manejo de pestes. Pueden sustituir a los insumos químicos, muchas veces producidos a un elevado costo energético (p. ej. urea) y que por sí mismos pueden contribuir a las emisiones (p. ej. óxido nitroso en el caso de la urea). Pueden tener un efecto general positivo en los sistemas productivos (p. ej. en la calidad del suelo o del agua), contribuyendo aún más a la reducción de emisiones; y
·         Gestión de recursos hídricos más eficiente, asegurándose que los planes energéticos hagan el mejor uso posible del potencial hidroeléctrico de cada país, diseñando represas de uso dual (energía e irrigación) allí donde sea posible. Una de las razones que explican por qué América Latina actualmente tiene una matriz energética tan verde — con apenas la mitad de las emisiones por PIB que otros países de ingreso medio — es su fuerte dependencia de la energía hidroeléctrica, y debemos asegurarnos que esto siga así.
·         Mantener un sistema abierto al comercio. Existen muchas razones que explican por qué un sistema mundial de comercio abierto fomenta el desarrollo agropecuario respetuoso del clima, ¡pero esa es una historia muy LARGA 

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