domingo, 4 de enero de 2015

LA HUELLA ECOLÓGICA

















La huella ecológica es un indicador medioambiental que calcula, considerando la tecnología actual y por el espacio de un año, la media de superficie productiva necesaria (expresada en hectáreas) para, por un lado, generar los recursos consumidos por un ciudadano o comunidad (país, región o toda la población mundial) y por otro, absorber los residuos que generan dicho consumo sin importar la localización de estas áreas.

Aunque el cálculo de la huella ecológica se adentra en complejas fórmulas matemáticas, basa sus resultados en la observación de los siguientes aspectos:


1. La cantidad de hectáreas utilizadas para urbanizar, generar infraestructuras y centros de trabajo.

2. Hectáreas necesarias para proporcionar el alimento vegetal necesario.

3. Superficie necesaria para pastos que alimenten al ganado.

4. Superficie marina necesaria para producir el pescado.
5. Hectáreas de bosque necesarias para asumir el CO2 que provoca nuestro consumo energético.

Desde un punto de vista global, se ha estimado en 1,7 hectáreas la biocapacidad del planeta por cada habitante, o lo que es lo mismo, si tuviéramos que repartir el terreno productivo de la tierra en partes iguales, a cada uno de los más de seis mil millones de habitantes en el planeta les corresponderían 1,7 hectáreas para satisfacer todas sus necesidades durante un año.

Al día de hoy, el consumo medio por habitante y año es de 2,8 hectáreas, por lo que, a nivel global, estamos consumiendo más recursos de los que el planeta puede regenerar.

Precisando aún más, en España, la huella ecológica media por habitante y año es de 5,5 hectáreas, 3,2 veces superior a la capacidad biológica del planeta para generar recursos de forma sostenible. Aun peor, Estados Unidos consume 12,5 hectáreas, la más alta.

Dado que la biocapacidad del planeta es de 1,7 hectáreas, si todos los habitantes de la tierra optaran por vivir al nivel de un ciudadano medio estadounidense harían falta más de siete planetas.

Por otro lado, el dato de las 2,8 hectáreas de media por año y habitante que se consumen actualmente, como podemos imaginar, no implica que todos los individuos del planeta posean esta incapacidad para satisfacer sus necesidades; muy al contrario, la desigualdad entre distintas latitudes e incluso la exclusión social en comunidades más pequeñas, como ciudades, produce datos alarmantes.

Así una gran parte de los países del planeta están por debajo de la hectárea, y no porque estén a la cabeza del consumo racional y sostenible sino porque desgraciadamente no consumen al no tener casi acceso a los recursos.
Incluso India y China, que avanzan raudas para salir del subdesarrollo, consumen 0,7 y 1,8 hectáreas, respectivamente.

El hecho de que un ciudadano del mundo rico consuma 5 hectáreas, implica, de forma indirecta, que hay otro ciudadano que padece déficit en el acceso a los recursos.

Con todos estos datos podemos intuit fácilmente que el ritmo de consumo actual es insostenible y acabará con los recursos del planeta en un plazo no muy largo.

Además, hay que considerar el hecho de que los países subdesarrollados y en vías de desarrollo que quieran mejorar su nivel de bienestar deben aceptar (China y la India ya lo han hecho) el modelo socio-económico neoliberal basado en un consumo desmedido como principal motor de la economía, lo que agravaría aún más el déficit de recursos que ya sufre el planeta y provocaría graves consecuencias a nivel global.

Es evidente que los países ricos que contaminan y malgastan de forma tan irresponsable y despreocupada no pueden ni podrán evitar en sus territorios los azotes del cambio climático, ni las migraciones masivas de los que huyen de la pobreza, ni en último caso, la extrema carencia de los recursos globales.

El 'Welfare State' (estado de bienestar) occidental, escondiendo sus miserias, se impone como el cenit civilizatorio para toda la humanidad.
No obstante, la realidad es que este estado de bienestar, así planteado, le sale muy caro al planeta, humanos incluidos.

Pese a todo, los grupos de poder o 'lobbies' del mundo rico (principales causantes de la degeneración biológica y ecológica del planeta) no parecen preocuparse en exceso y continúan apostando por el modelo socio-económico actual e incluso, 'imponiéndolo' a otros países en vías de desarrollo, sin dejar opción a que otras fórmulas democráticas de distribución de los recursos con una base más racional y otras actitudes más solidarias se pongan en práctica.

No obstante, tal vez la cuestión no es sí la economía planificada es mejor que la del libre mercado o si la mixta es 'justo medio' razonable entre ambas; el problema es bajo qué actitud individual se economizan los recursos, se intercambien bajo un modelo económico u otro.

Es una cuestión de elegir, desde el punto de vista político y sobre todo ético, la sostenibilidad en la utilización de los recursos y la equidad y solidaridad en su reparto, lo que implica un cambio de mentalidad a nivel individual que corrija el modelo actual a un sistema socio-económico más solidario e igualitario.


Todos sabemos que si el petróleo sube, también lo hace, finalmente, el precio del pan de la tienda de al lado.
Nuestro sistema está cogido con pinzas e intervenir de forma radical a nivel económico, puede ser catastrófico para este nudo gordiano. 

Pero ¿Qué ocurre si desde un plano individual y colectivo, de forma paulatina, se van reduciendo los riesgos?

Es decir, ¿qué ocurre si, como consumidores, vamos conociendo y eligiendo? Conocer para saber cuáles son las consecuencias de nuestro estilo de vida y elegir cambiar de actitud para aportar a un desarrollo más sostenible.

Obviamente, los distintos poderes políticos deben ser honrados y valientes en la puesta en marcha de políticas más ecológicas y solidarias regulando, al mismo tiempo, las actividades de las grandes corporaciones que contaminan y prohíben de forma directa o indirecta el que los recursos se distribuyan de forma justa.

También, la ciencia y la tecnología deben continuar mejorando en la disminución el impacto de nuestro consumo. Y por último, pero por ello no menos importante, queda la parte que a todos nos corresponde y ésta es nuestra actitud como consumidores.

Está claro que tenemos la capacidad de reducir nuestro impacto medioambiental de forma considerable adquiriendo unos hábitos determinados a nivel individual, como por ejemplo:

Ø Evitar la sobreexplotación y erosión del terreno y hacer un uso más racional de la energía que consumimos en nuestro hogar y lugar de trabajo.

Ø Consumir productos ecológicos basados en una agricultura, ganadería y pesca ecológica.

Ø Reducir la tala de bosques, los pulmones de nuestro planeta.
Ø Reducir las emisiones de CO2 y evitar el sobrecalentamiento de la atmósfera.

Ø Hacer un uso racional del agua.

Ø Reciclar todo lo posible

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