viernes, 23 de enero de 2015

BOSQUES, SIEMPRE SORPRENDENTES















Con los años no deberíamos perder la capacidad de asombrarnos por lo cotidiano. Lo cotidiano a veces esconde misterios fantásticos esperando ser aprendidos y resueltos por cualquier observador curioso.

Un claro ejemplo de ello son nuestros habituales árboles, los cuales vemos en nuestros campos, calles y plazas y los vemos sin mirarlos, sin observarlos, sin apreciarlos y sin apenas prestarles atención (sálvese quién pueda). Estas líneas pretenden ser un homenaje a los árboles y a sus reuniones, los bosques, a John Muir y a todos aquellos que los fomentan y respetan.

John Muir (1838-1914) fue un emigrante escocés, escritor de sus viajes y de su filosofía ecologista.
Fue uno de los pioneros en la defensa de la Naturaleza contra el desarrollismo y fundó el Sierra Club para tal fin.

En EE.UU. es el "Padre del Sistema de Parques Nacionales". Con su lucha consiguió que el Congreso estadounidense declarara y protegiera como Parque Nacional el valle de Yosemite en California (al Oeste de EE.UU.).

Eso hizo que muchas zonas naturales fueran reservadas de la explotación industrial. Precisamente es en ese parque donde crecen los árboles más altos del mundo. Se ha encontrado una secuoya (o secoya) con más de 1000 años y 112 metros de altura, calificada (en su día) como el árbol más alto del mundo y el ser vivo más grande del mundo, pues el animal más grande que jamás ha existido es la ballena azul (Balaenoptera musculus) que alcanza de 26 a 30 metros.
Las secuoyas pueden superar los 3000 años y un diámetro de más de 8 metros (más de 25 metros de perímetro, lo que implica que se necesitan más de 14 adultos para darle un abrazo).

Existen dos especies de secuoyas y actualmente están prácticamente restringidas a California, aunque además de cultivadas pueden encontrarse pequeños reductos en otras zonas, como en diversas sierras del norte de España o en la Sierra del Castril en Granada (España), aunque aquí no alcanzan tanta altura.

El nombre de la especie procede de un indio cheroqui llamado Sequoiah (1770-1843) que inventó un sistema de escritura para su lengua materna. No es la especie de mayor altura que se ha hallado, pues en Australia se han encontrado árboles de 155 metros de la especie Eucalyptus amygdalina.

Cada vez que vemos un árbol deberíamos maravillarnos por su hermosura. En realidad todos los organismos son bellos y misteriosos, pero los árboles resaltan entre todos ellos por sus dimensiones y por su longevidad.

Son tan maravillosos que dedicamos otro artículo a hablar sobre ellos, sobre sus hojas, sus flores, su tronco, sus semillas, sus frutos... Pero ahora queremos hablar de los árboles cuando forman un gran grupo, eso que se llama bosque y que forma un ecosistema donde la biodiversidad se ve favorecida (siempre que el hombre no se inmiscuya).

Algo a lo que sí se le presta mucha atención es la lluvia, por la necesidad tan directa que tenemos de ella. El tiempo atmosférico es excusa de conversación y preocupación de no poca gente. Pero se ignora o se minimiza la relación entre la lluvia y los bosques.










Los bosques, como el hombre, también necesitan agua y además, nos atraen el agua de lluvia, la retienen entre sus hojas y sus raíces evitando avalanchas de tierra y la liberan lenta y limpiamente (evapotranspiración).

Cuando se deforesta sin control es fácil que se produzcan avalanchas de tierra o inundaciones que en muchos casos se solucionan con costosas obras de ingeniería más que con la plantación de bosques. Algunas de las inundaciones más graves por esta causa se han producido en Bangladesh o Filipinas y en algunos casos ya se empieza a entender, por las malas, el trabajo silencioso y mal pagado de los árboles.

En España, como en tantos países, no se respetan los árboles, ni su belleza ni su utilidad. Se construyen casas y autovías donde había campos y bosques.

Eso evita que el agua sea absorbida por la tierra, se secan los pozos, se reducen los caudales, mueren los peces, se erosiona la tierra, crecen los desiertos, se producen avalanchas, inundaciones... y más casas supone más consumo de agua. Si queremos agua tenemos que poner límite al crecimiento de ciudades y carreteras, y propiciar el crecimiento de los bosques.

En todas las ciudades del mundo (también en la tuya) se cortan árboles para construir casas y carreteras. El teólogo Leonardo Boff dijo, en una entrevista, que hay dos cuestiones fundamentales por las que luchar: Alianza por el agua y alianza contra la guerra. Boff es uno de los fundadores de la teología de la liberación que ahora se desarrolla también como una eco-teología de la liberación.

A veces, parece que se hace algo bien y se protege legalmente una zona valiosa. Pero lentamente van surgiendo amenazas a esa zona, se va construyendo cada vez más cerca, se va masificando el turismo, del que huyen (con razón) las especies.

En definitiva, se va organizando al estilo humano lo que la naturaleza organiza mejor y, al final, se degrada la zona y se pierden las razones que llevaron a su protección. Tras eso ya sólo falta un trámite legal que recalifique los terrenos y los haga urbanizables para que las constructoras puedan arrasar con sus excavadoras lo que fue algo valioso. Este proceso a veces no es lento: tan rápido como un incendio forestal.

En defensa de la construcción, algunos dicen que en algún sitio tenemos que vivir, ignorando la cantidad tan enorme de casas vacías, en ruinas o utilizadas sólo como segunda residencia en verano. No se trata de prohibir que el que quiera o pueda, que tenga 20 casas vacías, pero es evidente que eso no es muy respetuoso para los que no tienen casa ni para la Naturaleza, demasiado acosada ya por las constructoras.


Como ejemplo egregio de bosque amenazado, la selva Amazónica por donde transcurre el río más ancho del mundo, el Amazonas. Este río tiene más de 1.000 afluentes y también es el más caudaloso (unos 200.000 m3/sg. de media y más de 300.000 m3/sg. en época de crecida) y el que tiene mayor extensión de su cuenca (7.050.000 km2), repartida entre los países de Brasil, las Guayanas, Venezuela, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

El problema de la Amazonia es mucho más grave de lo que parece. No son sólo árboles y animales lo que está en juego.

No son sólo los aborígenes y su cultura. Lo que está en juego es ver si el ser humano es capaz o no de conservar algo que sabe que es valioso y necesario. Hemos sido capaces de llegar a la Luna y de conservar con extremas medidas de seguridad obras de arte maravillosas. Pero, hoy todos dudamos de si seremos capaces de conservar los bosques primarios de la Tierra.

El tema es MUY peliagudo, porque Brasil puede perfectamente decirle al Reino Unido o a España que si ellos talaron sus bosques para "progresar", ¿por qué no puede hacer lo mismo Brasil? Algunos se preguntan si es legítimo para un país vender sus bosques como madera para progresar, pero la pregunta es capciosa porque encierra un engaño grave.

Cuando Brasil vende su madera o tala grandes extensiones para plantar soja (transgénica en muchos casos, tal vez en todos), no está llevando desarrollo al país, sino que la riqueza se la quedan muy pocas empresas que, además, suelen ser extranjeras (europeas y estadounidenses principalmente). 

Empresas madereras, biotecnológicas, agroalimentarias y farmacéuticas del Norte, se están llevando la riqueza del Sur. En muchos casos llevan puestos de trabajo pero también en muchos casos suelen ser pocos puestos y con unas características que serían inaceptables en los países de origen de esas empresas.

Hace unos años emitieron por televisión (en La 2 de TVE, en España) una serie de documentales maravillosos titulados: "Amazonia, última llamada" (serie producida por Canal Plus y TVE y dirigida por Luis Miguel Domínguez). Se contaban cosas terribles como los suicidios masivos de aborígenes al verse "sin futuro": Se les quitan los árboles, se les quitan sus tierras y su forma de vida. Desesperados sólo ven una salida... su envenenamiento usando "plaguicidas".
Los cultivos de soja que les quitaron la tierra les facilitan el veneno que les quita la vida. Pero la destrucción no para ahí: minas de oro contaminan el agua y devastan grandes zonas (para un anillo de oro hay que remover 30 toneladas de tierra), el tráfico de especies socava la biodiversidad... El final de esto no parece lejano, porque o el hombre se contiene o la naturaleza se agota.

Por otra parte, es muy bonito decir que el Amazonas y otras selvas tropicales deben conservarse, sin preguntarnos a dónde va esa madera que de allí se extrae, ¿eh?. ¿Acaso no irá a la madera de la mesa que tenemos delante? ¿Acaso no irá a la madera de las sillas y bancos de nuestros colegios y universidades, de nuestras plazas...? Los países industrializados son los que pueden pagar mejor esa madera y así, los países tropicales están vendiendo sus maderas y las ponen de moda (como la madera de teca, o la caoba, ya prohibida), hasta que se acaben.


Para evitarlo hay dos cosas muy simples: No llenar nuestras casas de muebles (ajustar un poco el gasto) y preguntar por el sello FSC que garantiza una madera obtenida "con sentido común". 

Eso mismo podemos también pedírselo a nuestros políticos para que lo tengan en cuenta en las compras municipales, para que se vigilen las importaciones madereras y para que demanden mayor control a otros países u organismos internacionales. ¡Uf! ¡Es mucho pedir!.

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